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miércoles, 16 de enero de 2019

PALABRAS PARA MAMÁ

Querida mamá:

Sentada en tu sillón te recuerdo, en tus últimos días de sufrimiento, pidiendo a gritos dentro de tu silencio una tregua, una paz que te llegó sin sorpresas, tal y como esperábamos desde que aquel 10 agosto la vida nos cambiase. Y digo "tu sillón", porque lo compramos expresamente para ti cuando enfermaste, y me ha costado varios días poder sentarme en él, por temor a que en cualquier momento aparecieses diciendo: "Carol, se te acabó el chollo", como me decías con ironía cuando querías sentarte tú. Pero no, mamá, este no es tu sofá. Tu sofá era ese en el que te echabas a la siesta antes de que éste existiese, ese en el que nuestra perreta se te tiraba encima cuando aún no llevabas bolsa de drenaje y no había peligro de que te arrancara lo que te ataba a la vida. Tu sofá era ese en el que podías ponerte boca abajo, (tu postura favorita para dormir), sin temor a chafarte la sonda y donde yo, desde el sofá colindante, escuchaba tu respiración en ese tiempo en que jamás pensamos que un temprano final pudiese existir entre nosotras.
Tú, mamá, eras las que me decía que me abrigara más, que me tapara el cuello, que "esos riñones al aire, verás"; la que me hacía larguísimas trenzas en mi antiguo larguísimo pelo, la que me daba su siempre bendita opinión antes de salir de casa un viernes o sábado porque yo te la pedía, porque por muy guapa que me viese en el espejo, yo quería saber tu opinión, la más sincera y auténtica de todas, porque si tú me decías: qué guapa vas o no me gusta como te queda eso, yo sabía que era verdad.
Tú, mamá, la que preparaba las mejores tortillas de patatas, tu plato estrella junto a la fideuá y el arroz al horno, entre otros. Aún recuerdo aquel día que se te volcó la paella y lo pagaste conmigo, cómo no, porque no había día que no discutiésemos. Tu carácter y el mío, tan sumamemente idénticos, se chocaban hasta cuando no viviámos juntas.

Jolín, mami, que este verano no te voy a tener al lado en la playa, quién me va a decir cuando esté en el agua: "hoy de aquí no salimos".
La playa, que merece mención a parte. Nuestro lugar favorito. Cuánto te gustaba fotografiar el Mediterráneo con tu espíritu Sorolla y hacerme a mí sentir musa de tu don para captar instantes. Instantes que quedan en las olas de ese agua que ya nunca llevará tu nombre. Retratos de un pasado de sol de agosto que nos hizo sentir infinitas. "Retales de mi vida", como cantaba El Último de la Fila, tu grupo favorito, esos que sonaban a las 11 de la mañana cuando yo era pequeña y tenía vacaciones, mientras la casa olía a limpio y tú cantabas a gritos con las ventanas abiertas de par en par, contagiando al mundo tu alegría.

Por Dios, mamá, me pongo a escribir y no encuentro nada a mi alrededor o en mí misma que no tenga inspiración tuya. Todo hecho a tu medida, no sabes cuánto te has llevado, pero cuánto has dejado. Las mantas, los cuadros, el mantel, los armarios, lo de dentro de los armarios, el contenido de lo de dentro de los armarios, en fin, como matrioskas rusas, lo grande, lo pequeño y lo diminuto, todo dentro de todo y todo bien comprimido dentro de mi corazón.

Mami, que sonrío, que salgo a la calle, que me relaciono con gente, que me pellizco y siento que tengo ganas de vivir. Yo, que no me imaginaba la vida sin ti, sin tus WhatsApps, sin tus besos de buenas noches, sin tus: ¿dónde comemos hoy?.
Nuestras carcajadas inoportunas a horas inoportunas, nuestras ironías sobre cualquier circunstancia existencial, nuestras broncas que acababan en abrazos y lágrimas, nuestras rutas falleras y nuestras Fallas. Esto último es un golpe bajo. Ya no estarás para decirme que has visto la iluminación de Ruzafa antes que yo, ni podremos comentar qué monumentos nos han gustado más, ni nos haremos nuestra cerveza antes de la mascletá. Qué duro será no tenerte vistiéndome de valenciana, colocándome la mantilla, viéndote en la Ofrenda en primera fila aplaudiéndome y grabándome tan orgullosa, trayéndonos merienda y agua en el parón de Colón a mí y a todo mi séquito de amigas y amigos; porque tú tenías amor para todo el mundo, por eso tantos te lloraron, por eso tantos aún no asimilan que ya no estés. 

Tu armario y tu móvil en su quietud también eterna, nos bajan a todos los pies a la tierra, sabiendo que lo que nuestras manos sostienen y nuestro cuerpo porta en vida, no tiene valor alguno cuando uno ya se ha marchado.

Mamá, aquel 10 de agosto el mundo cayó sobre mí, aquel 10 de agosto todo se desintegró para integrarse de nuevo en los cimientos de mi vida; aquel 10 de agosto supe que tenía que aprender algo que nunca me había planteado: aprender a vivir sin ti. Porque los médicos no se equivocan.
Desde aquel 10 de agosto no volví a oírte cantar Venus, Manolo García o Romeo Santos -sí, sí, a mi madre le gustaba Romeo Santos-. Desde aquel viernes, 10 de agosto, no escuché una carcajada fuerte y sonora de tu boca. Desde aquel 10 de agosto tú sabías que te morías y aunque te mantuviste fuerte y firme, dando lecciones de vida de las que muchos deberían aprender, tú ya no eras la misma y tu entusiasmo por vivir se fue mermando al mismo paso que un maldito cáncer con metástasis en estadio IV, te devoraba por dentro.
Era irreversible y todos lo supimos. Pero en aquellos días interminables y llenos de pánico e incertidumbre de hospital -tres meses para ser exactos-, hubo una canción que escuchábamos con la esperanza de vivir otras Fallas juntas, aunque fuesen las últimas. Una canción que un día nos salvó de llantos, una canción que nos hacía vibrar, el Viva la Vida de Coldplay. Y ahora sé que es la canción que a ti te gustaría que escuchara para recordarte. Para recordar que hemos compartido más vida que muerte y eso es lo único que todos nos vamos a llevar. 
Ese 1 de enero de 2019 no ha hecho más que hacerme sentir que estás más cerca que nunca. Porque ahora estás dentro de mí, ahora yo soy tus ojos. Gracias por haberme dado lo que tanto me has enseñado a valorar: LA VIDA. 

Te quiero, mamá.



Pero la canción de hoy, como Viva la Vida ya está en otra entrada anterior, será esta. Una de tus canciones favoritas y con la que me explayo recordándote.


"Give me one moment in time". 

domingo, 11 de diciembre de 2016

REDESCUBRIENDO LA NAVIDAD

Hoy me ha llegado un recuerdo de Facebook de un escrito mío en el muro, de diciembre de 2011. En él criticaba, a mi manera (esa manera mía), la Navidad. Hablaba desde las úlceras estomacales que debían crear las chocolatinas de Adviento expuestas desde octubre, hasta las terribles ganas de romper a palazos los altavoces de los supermercados por los infernales y repetitivos villancicos. Sí, así, literalmente. Me he reído yo sola, porque es cierto que cuando crecí, de repente, odié la Navidad. 



De pequeña, como cualquier niño, la adoraba, era mi época favorita del año junto a Fallas. Me encantaba pasear por los centros comerciales, de la mano de mis padres, viendo los decorados navideños y pasando por la mini puerta del Imaginarium, imaginando, cómo no, que pronto todo lo que había en esas estanterías estaría en mi casa. Pero ni de coña, vamos. Aunque de ilusión también se vivía. 
Luego crecí, y a aquella jovencísima Carol, la Navidad le resultaba aburrida, insulsa, premeditada y enlatada. Era como si estos días tuviese que estar siempre con una sonrisa en la boca, es más, no estos días sólo, sino desde el puto mes de octubre, donde se mezclan las calabazas y los panetones. Siempre me ha puesto terriblemente enferma el márketing navideño y es posible que por ello nunca llegase a ver la esencia real.




Ya no recordaba los kilos de asco que me producía diciembre, pero hoy, al volver a leer eso, lo he rememorado. Sin embargo me he dado cuenta que ya no me sentía identificada, porque ahora cuando entro al supermercado ignoro con total naturalidad todo lo referente a Navidad, siempre que no vaya a comprar. Es simplemente como si no estuviese. Ahora cambio de canal cuando la tele retransmite una de esas malditas películas norteamericanas de nieve y luces en cada hogar. Esos films salidos del averno, los sigo detestando, pa' qué vamos a mentir (no hablo de "Solo en casa", esa me la trago por mis santas narices cada año). 
Ahora los villancicos hasta me motivan y espero con ganas reunirme en Nochebuena alrededor de una mesa que bien podría ser protagonista de "La Grande Bouffe", y entonces pienso en lo afortunada que soy. Espantosa y asquerosamente afortunada. De poder comer lo que quiera hasta reventar rodeada de las personas que más quiero en esta vida. Que sí, que hay ausencias que no se suplen, pero ¿y las presencias que siguen en pie? ¿No será eso más importante y el motivo por el que brindar? Si es que, lo que no enseñe la vida, no lo enseña nada en el mundo.
Ahora sé por qué vuelve a gustarme la Navidad, ahora que he visto lo frágil que es la existencia de cada ser humano, ahora que sé cómo funciona nuestro cuerpo, ahora que entiendo la gran fortuna que es tener lo que tengo. Y yo quejándome, que si comprar, que si fingir, que si reír... ¡Qué narices! ¿Para qué quieres comprar compulsivamente? Hombre, si quieres hacerlo, hazlo, pero no desvíes jamás el verdadero sentido de esta tradición. Los Reyes van a venir igual, porque los Reyes viven dentro de cada uno, se alimentan de lo que un día fuimos; pequeños seres inmersos en nuestra propia burbuja de tranquilidad, paz y amor. Al menos dentro de mí sí. Ahí sale el espíritu de aquella niñita 20 años atrás. Pero de eso ya escribiré más adelante. Ahora toca disfrutar los días venideros, siempre que puedas hacerlo, eso es un tesoro que muy pocas veces sabemos apreciar. Y no hace falta que finjas la sonrisa, ante ciertas situaciones, sale sola.



https://www.youtube.com/watch?v=ihW56Xa3XGQ

¡FELIZ NAVIDAD, PRÓSPERO AÑO Y FELICIDAD!

martes, 22 de marzo de 2016

SEMANA FALLERA, CAOS ORGANIZADO.

Como cada año, las Fallas paralizan mi vida y todo lo cotidiano, hasta escuchar música o leer, queda completamente en un segundo plano. Pronto una se acostumbra a pasar 20 de las 24 horas que tiene el día, en la calle, con su gente, en esa carpa que de pronto se convierte en hogar y luego cuesta desengancharse de eso. Aunque este año la "depre" es menor, pues el jueves estaré volando hacia Oporto con una maleta llena de ganas e ilusión.

Hoy voy a usar el blog como una recapitulación de mis Fallas, más a modo personal que otra cosa, porque creo que la mejor semana del año merece algún reconocimiento por parte de esta humilde fallera que las ama con locura, más allá del que esperemos nos brinde la UNESCO el próximo noviembre.

Todo empezó el viernes 11 de marzo, cuando llegada la tarde, mi querida amiga Irene (alias Parri) y yo, nos fuimos al centro a comernos un buen chocolate con buñuelos en la mítica Santa Catalina, para coger fuerzas, pues tras ver algunas fallas, la tarde/noche culminaría con el encendido de la doble campeona (de luces y monumento), Cuba-Literato Azorín, que junto a su vecina Sueca, en aquella tarde que olía a fiesta, inauguraba su iluminación. Una hora de plantón que valió la pena, pues fue una verdadera maravilla. Tras esa "panzá" fallera, tocaba recoger el bocata e irnos a cenar a nuestra comisión; era noche de estrenar la carpa. Las cenas con los amigos molan, pero cuando no falta ni uno mola mucho más. Un año esperando ese momento, así que no podíamos quedarnos sin abrir la barra y bailar.

El sábado 12 no fue para menos. Esa mañana almorzamos con ganas, recogimos nuestros blusones personalizados y tuvimos la comida ofrecida por nuestra Fallera Mayor: arroz, como no podía ser de otra manera en esta intensa semana. El primer arroz de los tantos que vendrían.
La tarde la dediqué a leer mi Extra de Fallas del Levante, algo que tradicionalmente mi padre me compra cada año desde que era muy pequeña, que devoro con ganas y que colecciono. 
El anochecer lo dedicamos a comprar la "picaeta" para las paellas del día siguiente y he de decir que este año la organización fue máxima. Se nota que nos hacemos mayores. Y tras guardar nuestras papas, quesos, refrescos y demás, pusimos rumbo al Carmen, para acudir a nuestra anual cita en los Picapiedra, donde cenamos y bebimos hasta terminar haciéndonos amigos de todo el mundo (como suele ser habitual). Ya entrada la madrugada, terminanos en nuestra falla, pues había verbena, estaba la carpa hasta los topes y Manolita había vuelto de Japón. Fue un buen comienzo, un sábado de 10. 

El domingo 13 se hizo un mundo levantarse de la cama, pero tocaba el concurso de paellas, así que una vez colocado el blusón y el pañuelo, todo fue mejor. Cerveza en mano y con un maravilloso sol que no debería haberse movido de ahí, terminamos haciendo una paella buenísima, que no sabemos por qué, el jurado no supo valorar, pero nuestros estómagos sí. La tarde, tras el café en nuestro bar de reunión, terminó con una buena ducha, pijama y cama. El finde ya había dado demasiado de sí. 

Lunes 14, era el día dedicado a mi querida mamá. La tarde fue invertida por completo en recorrernos el centro viendo las fallas más grandes, cuyos artistas trabajaban sin descanso, ultimando la plantà. Desde Convento Jerusalén, hasta el Mercado Central, pasando por Na Jordana, el Pilar y la majestuosa falla municipal, hicimos fotos y lo pasamos bien, como siempre que vamos juntas y si es por motivos falleros, más aún. 
La noche, de nuevo, sabía a falla. Teníamos cena, la última "no oficial" y la última sin una fiesta detrás acompañando la semana. Pero, claro está, la juerga siempre acabamos montándola nosotros.

Y por fin llegó el martes 15, día de plantà. El día amaneció con nuestra fallita infantil en su lugar de siempre, observando tranquila todo lo que acontecía en la demarcación de nuestra comisión. El martes fue día de almuerzo y tarde completa de casal, de esas de las que no te cansas, en tu ambiente y riendo, eso sí, ese día tocaba ir con los moños a cuestas, pues nada más comer había tenido peluquería. ¡Por fin estrenaba peinetas! Y los buñuelos de la merienda, supieron mejor así peinada. Sobre las 20.30, llegó nuestro ninot de la exposición y le dimos la bienvenida con una cena, la cena de la plantà, la primera cena oficial. Después la Nit d'Alba que se celebraba este año por primera vez, desde los años 60, informaba del comienzo de la fiesta. Una carcasa lanzada por todas las comisiones falleras a las 00.00h., anunciaba al cielo que las Fallas 2016 ya habían comenzado. Tras este nuevo y emocionante acto, teníamos verbena y ruta por el barrio, llena de anécdotas de esas que quedan en la más estricta intimidad y con cubatas cortesía de nuestros amigos de fallas vecinas. 

El miércoles 16 de marzo, Valencia despertó con un radiante sol que iluminaba cada rincón de la ciudad. Las fallas ya estaban en la calle en toda su plenitud, y comenzaba así el día fallero por excelencia, el que transforma la ciudad, el más anhelado. El día 16 teníamos la primera "picaeta" ofrecida por la falla, esa del mediodía que te quita las ganas de comer, donde el vermú, la cerveza, el queso y los tramusos, se rifan entre falleros y no falleros. Uno de los momentos que personalmente más me gustan de todo el día. 
La tarde era para vestirse de fallera, pues teníamos pasacalle nocturno. Qué ganas tenía de estrenar mi traje azul y plata; no hay nada como llevar indumentaria valenciana elegida por una misma al detalle. 
El pasacalle fue muy divertido, como cada año. Los falleros portan las antorchas y las falleras bailamos al ritmo de la charanga. Un nutrido grupo somos los que damos vida a este desfile, por el que vale la pena calzarse las mejores galas. 
Tras el pasacalle, tocaba cambiarse y ducharse rápidamente, pues teníamos cena y noche de disfraces. Éramos Mélody y los gorilas y cómo no, nuestro querido Enrique, siempre es la nota discordante, y el protagonista indiscutible de esa noche. Él fue Mélody, igual que en su día fue la manzana de Blancanieves, Mary Poppis o la "máquina del tiempo" con heces dibujadas en la espalda. 
La noche terminó, como siempre, bailando el Piki Piki con el gintonic. No muy originales, pero sí muy divertidos.

Llegó el jueves 17, posiblemente el día más esperado por toda fallera (y fallero), la Ofrenda de flores a nuestra Mare de Deu dels Desamparats. La Xeperudeta. Nostra Mareta. 
La mañana, como el día anterior,  fue dedicada a "picotear", pero antes de eso también teníamos, por fin, mascletà. Yo ya había pasado por chapa y pintura en manos de mi mejor amiga Carla, que me dejó perfecta con sus dotes artísticos para el maquillaje. 
Tras comer, fui a la pelu de nuevo a hacerme otra vez los moños, aunque esta vez por un motivo mucho más especial. La ilusión rebosaba. 
Ya con el pelo hecho, sólo faltaba vestirse. Este día, como anécdota contaré que siempre termino discutiendo con mi madre por algo ten sencillo como la mantilla. Pues yo que soy algo tiquismiquis para eso, termino sacando alguna pega de largaria cuando ya está colocada y mi madre, que tiene la misma santa paciencia que yo (es decir la misma que un ácaro), se pone algo nerviosa y terminamos como el perro y el gato y por supuesto este año no fue una excepción. Algo que se esfumó en cuanto todo estuvo listo y salí a la calle a lucir palmito. 
A partir de ahí, comenzó la caminata hasta la calle Colón, donde estos último años, quizás por el temor a las amenazas de lluvia que lleva ya dos años haciéndonos sufrir, el parón es mínimo, pero aun así nos dio tiempo a reponer fuerzas y ahí estaban nuestras benditas e incodicionales mamás con la merienda y el agua. ¡Qué haríamos sin ellas! Cuando nos pusimos en marcha de nuevo ya no había quien nos frenara y ya sabíamos hacia dónde nos dirigíamos. Todos los años es lo mismo, pero cada año es especial. Pasado el Parterre nos adentrábamos en la calle de la Paz, en filas de cinco, todas con el ramo en la mano izquierda y los metros exigidos de separación con la fila de delante; la sonrisa de par en par, los agradecimiento a quien te gritaba guapa o te aplaudía, las miradas de complicidad con tus amigas y las notas de los pasodobles resonaban al compás de nuestros vestidos. Terminada la calle, pasamos las estrechas callejuelas que separan la Paz de la plaza de la Virgen y que tan familiar nos resultan y por fin entramos, escuchando cómo nombraban nuestra falla, retumbando por los altavoces de la plaza; y la miré, por mí, por mi iaia, por mi familia, por mis amigos, por todo lo que tengo y por poder estar ahí un año más. Las lágrimas de felicidad y devoción recorrieron, como siempre, mis mejillas y así fue como le lancé a sus pies ese clavel que siempre preparo y besé mi ramo antes de entregarlo al vestidor que lo colocaría en su manto. Es algo imposible de explicar.
Una vez pasada la Ofrenda, era hora de esperar los autobuses en la Alameda y eso es lo más duro. Ahí la adrenalina ya había bajado hasta la punta del pie y comenzó a dolernos todo: Ganchos, zapatos, falda, etc. Así que subir al autobús fue toda una guerra, pero yo no podía quedarme sin sitio. 
Ya en casa, mi madre de nuevo me lo quitó todo y me metí en la ducha para hacerme un buen masaje capilar, sin peinetas de ningún tipo. Las mejores duchas, sin ninguna duda, son esas que te das después de haber llevado el traje de fallera, por eso merecen mención especial. 
Esa noche también tocaba cena, con sus correspondientes batallas de cacahuetes y tramusos de una punta a otra de la mesa y fiesta en primera fila, de esa que tanto nos gusta, hasta el amanecer, mucho más allá del fin de la música, pues la siempre "petardera oficial", Lucía, nos lió para tirar unos cuantos. Los únicos que he tirado estas Fallas, yo soy más de bombetas, de tota la vida de Deu.

Viernes, 18 de marzo, el día que comienza a oler a final por excelencia. Este día fue más de lo mismo por la mañana, una buena "picaeta", para no decaer y después comida en el bar de siempre. Ese día nos mezclamos personas de todas las edades de mi falla, pero lo pasamos estupendamente. Somo los "chupiguays", desde padres hasta hijos, de los que cerramos siempre el casal, con cubata en mano. 
La comida se fue alargando, hasta el punto que no pasé por casa en todo el día, y tras los play backs infantiles de la tarde y la siempre fabulosa mascletà nocturna, el cansancio comenzó a hacer sus estragos y yo, tan llorona como soy, pues cogí un buen soponcio que fue arreglado con un Ibuprofeno y un vasito de cazalla. Nada que no solucionen mis amigos. 
Era la noche grande por antonomasia, la última y la que siempre revienta la carpa de gente. Mi hermana Laura y mi cuñado David vinieron, como suele ser habitual, así como mi colega estopera Silvi, con la que terminé bailando "Cacho a cacho" como si de un concierto se tratase. Finalmente lo di todo y olvidé que estaba extenuada. La cama me vio aparecer a las 8.00h., cuando las comisiones falleras tiraban su última despertà, la que daba la bienvenida a San José.

Y llegó San José, el sábado 19 de marzo, el día grande pero también el más triste, el que sabe a final definitivo y sin tregua y el que no sabes cómo cogerlo, a pesar de vivirlo año tras año. El sábado ya no teníamos motivación, ya no nos apetecía ni tomarnos nuestra cervecita, pero no podíamos faltar a la última mascletà, los bailes regionales y la picaeta diaria. Sólo se hablaba de la mala suerte que teníamos con la climatología, mientras echábamos las últimas partidas de futbolín y esperábamos la ejecución. 
Comimos arroz, para variar, entre lamentos y ojeras y la tarde se pasó mirándonos las caras y haciendo balance de lo que había sido la semana. 
Llegadas las 22.00h. ardió nuestra fallita infantil y con ella la mitad de nuestro corazón, sabiendo que ya era irrevocable el fin, pero la otra mitad aún se alzaba victoriosa aunque envuelta en traca, porque nos quedaba la última cena. 
Esa última cena siempre es triste, a diferencia de las demás, ya no se bebe nada y se masca en el ambiente que la melancolía lo abarca todo. Sabes que volverán, pero sobre todo sabes que se están yendo, y eso cada año, si lo vives de verdad, cuesta asimilarlo. 
Pasadas las 00.20h de la noche un castillo gritaba a Valencia que otra falla iba a arder, de las tantas que a esas horas ya eran ceniza y las que tras ésta y junto a ésta se convertirían también en ello. Y así, con la pólvora dando mecha al final, crecían las llamas de "La Dança del Velatori" nuestro monumento de vareta, plantado apenas cinco días antes al tombe (de la forma tradicional), pequeñito pero con una cremà impresionante, diciendo adiós a las Fallas de 2016, pero sobre todo dando la bienvenida a la preciosa primavera y con el fuego encendido de la esperanza y la majestuosa ilusión que alberga soñar con las próximas, con las de 2017. 

Ahora toca volver a la vida normal, la que se deja atrás cuando comienza este caos organizado. Toca guardar trajes, peinetas, aderezos, cancanes y recuerdos, sobre todo recuerdos, de esos que resucitan a un muerto. 

De hoy, en 358 días, las volvemos a plantar. 


Y aquí dejo varias fotos que resumen de forma breve estos intensos días,  junto a la que sin duda ha sido, con el Piki Piki (pero ésta me gusta más), la reina de las canciones en cada una de nuestras noches, Madre Tierra. Gracias a todos los que habéis hecho de éstas, otras Fallas más que especiales. Sois mis amigos, lo mejor de mi vida y hacéis más bonitas si caben, las fiestas que tanto amo. 

https://www.youtube.com/watch?v=T9muAzJaOss

"Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida."


























miércoles, 24 de febrero de 2016

FALLAS, ESAS ODIADAS.

Hoy quiero hablar de las Fallas, de mis queridas Fallas, de esa fiesta que sin saber muy bien por qué, aman los que la visitan y desprecian algunos valencianos. Esa fiesta que crea controversia, que adoras o detestas, pero que no deja indiferente a nadie. Hoy no pretendo con esto convencer a ningún cerebro ardiente, de esos a los que ya les duele la cabeza de pensar en los días que se aproximan, pero sí invito a una reflexión por si no saben lo que hay detrás de esta imponente tradición. 

No soy una experta en indumentaria, pero soy de las que distingo una seda estrecha, una seda ancha, un rayón, un damasco, un brocat o un espolín, sólo con echarle una rápida mirada. La mayoría de personas (incluso propios falleros), no saben lo que hay detrás de esos trajes. No saben lo trabajados que están, desconocen que un espolín está hecho a mano, con seda natural, en telares centenarios y que no se tejen más de 10 centímetros al día. ¡10 centímetros, señores y señoras! 

Hablemos de las peluquerías que trabajan de sol a sol para que luzcamos nuestros peinados, con la artillería de ganchos y la paciencia de quien nos lo hace. Sin poder fallar en nada que lo desmonte todo y tengas que volver a empezar, y en casos de melenas como la mía, se ganan el cielo, para poder mostrar al mundo uno de los peinados más espectaculares en cuanto a fiestas populares se refiere. 

Nuestras peinetas y aderezos, cinceladas a mano, orfebres que son auténticos artistas que dan rienda suelta a su talento e imaginación construyendo unas piezas únicas, que son una gran inversión, pues de eso ya no te deshaces jamás y además, en la mayoría de los casos, cuesta bastante menos que un brillante, sin dejar de ser una joya exclusiva y hecha con mucho amor. 

Los indumentaristas, los que dan forma a nuestras sedas, los que organizan sus patrones para ajustar a nuestro cuerpo las maravillosas telas valencianas; los que hacen realidad el sueño de toda fallera. Los creadores de ilusiones. 

Nuestra ciudad sonando a ritmo de pólvora día y noche, esa seña de identidad tan nuestra y que así es posible gracias a los pirotécnicos, aquellos que se juegan la vida bajo tradiciones familiares y siempre desde la discreción más absoluta. 

Y por supuesto, cómo iba a olvidarme de hablar de los artistas falleros. Todos los años me gusta pasear por las calles de Valencia, sobre el día 12 o 13 y pasarme horas mirando la plantà, embobada y sin perder detalle. Ya lo dije el año pasado y lo reitero una y mil veces: Bastarían 10 minutos de plantà a pie de calle, para declarar las Fallas Patrimonio de la Humanidad. Ahí, donde se juntan la ingeniería, el ingenio y el arte. Ahí donde cada pieza debe encajar al milímetro. Los verdaderos artífices de nuestra fiesta, los que durante un año entero preparan en sus talleres inigualables obras de arte, para pasarse días sin dormir y que el 16 de marzo, Valencia amanezca preciosa. 

Todo esto sólo es lo principal, lo que más destaca de las Fallas, y todo junto hacen una fiesta grandiosa y completa, donde aburrirse es imposible y donde admirar la cultura y la belleza es algo sencillo si das dos pasos por Valencia esos días. Nuestra fiesta se realiza gracias al esfuerzo de muchísimas personas y todas ellas trabajan gracias a las Fallas; miles y miles de familias viven de esto, por obligación o vocación, pero alimentan a sus hijos, pagan sus hipotecas o se van de viaje, porque nuestra fiesta existe y perdura. No olvidemos que también están los hosteleros, zapateros,  empresas de transporte, de montaje, de grúas, y un largo etcétera que abarca todo tipo de sectores. 

Aparte de eso también estamos los falleros, los que en lugar de cobrar, pagamos, los que la amamos, los que la conocemos desde dentro y desde fuera, los grandes odiados por ser los que damos vida a esos días, sin los que no existirían las Fallas; somos los que plantamos. 
Y yo, a nivel personal, las espero un año más como no espero nada en mi vida. Desde que tengo uso de razón, las he exprimido al máximo, cada minuto se me queda corto y siempre quiero más. El sueño y el cansancio no son un impedimento, es más, no existen esos días. Del 15 al 19 de marzo, me sumerjo en un submundo inexplicable, en un ambiente que me encanta y soy la persona más feliz del planeta. Mi casa se convierte en un caos organizado, y los muebles también se contagian del ritmo de vida, y empiezan a llenarse de ganchos, peinetas, cancanes, faldas, corpiños, banda, mantillas... Y comienza el ritual y el estrés: "Vísteme que llego tarde", "mamá la mantilla está de lado", "cuidado al meterme la falda, no me deshagas el moño" y esos gajes del oficio que toda fallera conoce. 
Pero bajas a la calle, con tu traje, y más orgullosa ya no puedes estar, la gente te para, te piropea, te fotografía y la adrenalina recorre tu cuerpo;aunque nada como desfilar por la calle de la Paz, escuchar los aplausos, enderezar la espalda, agarrar tu ramo de claveles y saber que ya estás cerca, que un año más llega el momento. Y estar frente a frente con la Virgen, girar esa esquina y verla, es lo más maravilloso que una fallera puede experimentar. Y las lágrimas de felicidad, de devoción y de amor corren tu maquillaje, porque a partir de ese momento, estar guapa ya no cuenta. 
Y para eso se teje tu tela, para eso se cose tu traje, para eso te peina el peluquero, para eso hicieron tus peinetas y aderezo. Para vivir momentos únicos.
Al final, los recuerdos son pasto de las llamas junto a las esculturas efímeras que custodian nuestra ciudad en marzo. Al final todo pasa, de tal forma, que el 20 no sabes si todo ha sido un sueño o realmente ha existido. Y esto es como todo, lo que se va, ya nunca vuelve o no vuelve nunca igual.
Y para eso se plantan las fallas, para aliviar esta podredumbre de mundo en el que vivimos durante unos días, para ser feliz y disfrutar dentro de las posibilidades de cada uno. Para contagiarse de alegría, de la alegría de tener unas fiestas tan extraordinarias, tan estupendas y que sin duda merecen ser declaradas PATRIMONIO INMATERIAL DE LA HUMANIDAD. 

Amo Valencia, pero amo mucho más Valencia en Fallas.





Aquí os dejo un vídeo que me encanta y que creo que resume de una manera breve y sencilla el transcurso de las Fallas. Si no he contado mal, comienza a plantarse el día 8 y así se ve avanzar los días, hasta el momento cumbre: la cremà. Este vídeo es de las Fallas 2001, más concretamente "Pinotxada Universal" de Na Jordana, un monumento que aunque yo apenas contaba con 9 años cuando fui a verla, quedó grabado a fuego, valga la redundancia, en mi cabeza. No tiene desperdicio

https://www.youtube.com/watch?v=wX2sx4lF8cs



Y por supuesto no puede faltar canción, y qué mejor a cuatro días de la Cridà 2016 y a seis de que comience nuestro gran mes, que el pasodoble El Fallero, compuesta por José Serrano y letra de Maximiliano Thous. 
Escucho el primer segundo y ya llevo la piel de gallina. Disfrutadlo y ¡FELICES FALLAS!

https://www.youtube.com/watch?v=tIKSERBk0e8