He llorado mucho, no sé si más que cualquier otro, pero sé en primera persona que son muchas las lágrimas que he derramado a cualquier hora, en cualquier circunstancia, por diferentes motivos, en días que recuerdo y que he olvidado...
También he reído mucho, muchísimo, en ocasiones hasta dolerme la barriga, hasta casi ahogarme en una piscina de olas o hasta desencajarme la mandíbula. Me acuerdo una vez, hace algunos años, que fue tal el ataque de risa, que caí de la silla hacia atrás y me di un buen golpe en la espalda y aun así seguí riendo, no podía parar. Me hice daño pero juro que lo recuerdo valiendo la pena.
He callado muchas cosas que pensaba que podía callar, he aguantado, en ocasiones, por encima de mis posibilidades, he tanteado terrenos en silencio para ver si podía hablar y esas veces, aunque costase, he callado. A veces por miedo, a veces por un simple favor, a veces por desgana o desazón...
He soportado personas que me han carcomido interiormente, he tenido que escuchar cosas realmente intolerables, y tolerar miradas, frases o gestos que estaban fuera de los límites que marco.
He creído que estaba loca por el mero hecho de darme cuenta que nadie me comprendía. Me ha resultado, tantísimas veces, imposible expresar el dolor que podía sentir en ese instante porque sabía que ningún ser humano del mundo lograría sentirlo.
Y al final, cuando ya quedan tan lejos mis primeros pasos, mis primeros juguetes, mi primer corte de pelo, mi primera borrachera o el primer cigarro que encendí. Cuando queda tan lejos el verano que aprendí a nadar o el que aprendí a bailar. Cuando miras al horizonte de la lejanía a las puertas del cuarto de siglo, sabes que has hecho una buena elección en tu camino. Sabes que ahora, con la serenidad que ofrece el ir construyendo tu vida a tu manera (aunque llena de incertidumbre como la de cualquier joven), ves con otros ojos la que eras hace 20, 15, 10 o 5 años atrás. Sabes que has ido perfeccionando tu mundo y sobre todo perfeccionándote tú. Pues si uno no pule sus defectos, no puede distinguir qué es lo que quiere o necesita para uno mismo. Al final el círculo se reduce y quedan los mejores, los que encajan y los que están por llegar.
De nada vale callar, aguantar o soportar. De nada vale llorar si no es para crecer, para sanar, para avanzar. Y siempre se logra, siempre se mira hacia adelante, nunca se deja de aprender; las lecciones quedan patentes con cada instante, todo está atado y conectado, la vida es un circuito perfecto.
Lo que se fue ya no vuelve a ser o no vuelve a ser como fue. Esa es la única filosofía cierta de la vida, la que arrastra nuestro pasado, la que consta en nuestro presente y la que marca un futuro que realmente no existe. Pisa con fuerza el suelo que te sostiene y camina. Cada paso te acerca a tus metas, cada segundo te aleja de tus disgustos.
He aprendido, o mejor dicho, he comprendido, que todo se va y vale la pena pedir perdón y vale la pena luchar por quien quieres, y vale la pena dejar ir y vale la pena pensar y decidir. Nos preocupan, diariamente, tonterías que nunca tendrán tanta importancia fuera de los márgenes de nuestra imaginación, tan inmensamente absurda la mayoría de ocasiones. Enfréntate a tus fantasmas, míralos a la cara y lucha contra ellos, no con ellos. No les hagas el camino fácil, son pequeños, muy pequeños.
Al final, lo que queda, es la propia existencia que se encargará de borrar tu muerte, pero que nunca muera tu recuerdo de la existencia de quien amaste.
Eso sólo depende de ti.
Hoy, una de mis joyas favoritas, una canción que me gusta muchísimo y con la que me siento bastante identificada, desde el propio título: Drama Queen de Green Day.
https://www.youtube.com/watch?v=yAKGwfQarTE
"Everyone's drama queen is old enough to bleed now".
Blog propiedad de Carolina León. Siéntanse como en casa, pónganse cómodos... se les permite subir los pies al sofá.
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miércoles, 27 de julio de 2016
INTROSPECCIÓN 2.0
miércoles, 8 de junio de 2016
OBSERVA, PIENSA, UBICA.
La madurez es aquello que descuartiza la inocencia, cuando se pierde la visibilidad de lo que se vislumbraba fresco. Se secan las raíces de lo eterno y uno tiene que coger en silencio la maleta y sin embargo, marcharse con lo puesto. Ese pulso a la vida entre lo que se fue, lo que se es y lo que se adivina que será, nos impide adaptarnos al presente.
Una simple crisis de identidad no debería manchar las constantes vitales, porque la madurez en realidad no existe. Nunca se es lo bastante maduro, siempre nos negamos a crecer más de la cuenta y eso nos impide adaptarnos al presente.
No nos negamos a crecer por instalarnos en el pasado, sino todo lo contrario: Por creer que el futuro siempre será más juvenil de lo que es ahora y aunque conforme pasan los años y la trayectoria va tomando forma, se observa que no es así, nos negamos a aceptar y por ello, nunca nos adaptamos al presente.
Porque el ahora jamás será suficiente, siempre hay sed de más y mejor, nuestro eje no quiere quietud, no quiere una paz que seguro algún día encontrará, pero no será en esta senda de paso que acostumbra a clavarnos sus piedras en nuestros pies; será en un mañana que no espera, y aun así solemos mirar, sin reojos ni disimulos, más allá de la ventana de lo efímero, olvidando que no hay eternidad y eso, nos impide adaptarnos al presente.
Pensar cuando no es necesario pensar, intervenir a sanar a deshora, y entonces a destiempo el tiempo ya se agota, pero continuamos poniéndonos de puntillas para creer que así se divisará el horizonte más amplio de lo que ahora se muestra desnudo ante nuestras miradas; abanicar momentos avivando sus ascuas y desmantelar el cerebro para que no grite nada. Y es ahí, sólo ahí, en las profundidades de la oscuridad personal, intransferible y humana, donde se esconde la irrefutable forma con la que impedimos adaptarnos al presente.
La canción de hoy, es Going to a town de George Michael, aunque a mí personalmente y salvando las distancias, me gusta más esta versión de Rufus Wainwright. Perfecta.
https://www.youtube.com/watch?v=CtVyl402W5s
"Making my own way home".
Una simple crisis de identidad no debería manchar las constantes vitales, porque la madurez en realidad no existe. Nunca se es lo bastante maduro, siempre nos negamos a crecer más de la cuenta y eso nos impide adaptarnos al presente.
No nos negamos a crecer por instalarnos en el pasado, sino todo lo contrario: Por creer que el futuro siempre será más juvenil de lo que es ahora y aunque conforme pasan los años y la trayectoria va tomando forma, se observa que no es así, nos negamos a aceptar y por ello, nunca nos adaptamos al presente.
Porque el ahora jamás será suficiente, siempre hay sed de más y mejor, nuestro eje no quiere quietud, no quiere una paz que seguro algún día encontrará, pero no será en esta senda de paso que acostumbra a clavarnos sus piedras en nuestros pies; será en un mañana que no espera, y aun así solemos mirar, sin reojos ni disimulos, más allá de la ventana de lo efímero, olvidando que no hay eternidad y eso, nos impide adaptarnos al presente.
Pensar cuando no es necesario pensar, intervenir a sanar a deshora, y entonces a destiempo el tiempo ya se agota, pero continuamos poniéndonos de puntillas para creer que así se divisará el horizonte más amplio de lo que ahora se muestra desnudo ante nuestras miradas; abanicar momentos avivando sus ascuas y desmantelar el cerebro para que no grite nada. Y es ahí, sólo ahí, en las profundidades de la oscuridad personal, intransferible y humana, donde se esconde la irrefutable forma con la que impedimos adaptarnos al presente.
La canción de hoy, es Going to a town de George Michael, aunque a mí personalmente y salvando las distancias, me gusta más esta versión de Rufus Wainwright. Perfecta.
https://www.youtube.com/watch?v=CtVyl402W5s
"Making my own way home".
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